jueves, 29 de enero de 2009

El boulevard de los sueños rotos...

El día parecía normal, la llegada a la prepa siempre fue a las 7 de la mañana, pero mi impuntualidad no daba para más y llegué los acostumbrados 20 minutos tarde. No tenía perdón, la escuela preparatoria estaba a sólo unos pasos de mi casa y ni así podía yo llegar temprano.

La clase había iniciado. Creo que trataban de enseñarnos algo sobre la salud, ¿o era derecho? Mi mente daba vueltas a mil por hora, quería que acabase la clase para poder ir a las canchas de básquet boll, reunirme con mis amigas y comenzar otro juego nuevo de los tantos que jugábamos durante la semana. Era 10 de mayo, mi cabeza nunca pensó en mi adorada madrecita que seguro esperaba que le llevará su regalo: unas flores, chocolates, alguna porcelana hecha en China o ya de a perdis el abrazo de amor. Ese paso nunca llegó.

Las 12 del día y mi mente no recordaba el festejo. Pensaba cómo hacer para sentirme feliz, más de lo que estaba por haber ganado el partido de hace sólo algunos minutos atrás. De pronto la mente despertó y sacudió todos los sentidos. Le dije a mi mejor amiga que quería festejar, que necesitaba con urgencia tomar alcohol y perderme por algunos segundos. La respuesta fue contundente: “ok, pero nos vamos temprano a nuestras respectivas casas porque tengo que ir a ver a mi mamá”. ¡Mi mamá! No la recordé jamás por el día, la recordaba porque vivía muy lejos de donde yo vivía y no quería caminar tanto asfalto para llegar y regalarle solo un abrazo, triste y sin sentido para mí.

La convencí de que nos fugáramos de la última clase. Acepto.

No conforme con sonsacarla a ella, se nos añadieron cuatro compañeros más. El greñas, la bruja (que le traía hartas ganas al greñas), la güera, el piojo, la santa y por supuesto yo. No teníamos a dónde ir a chupar la adquisición que teníamos entre las manos: cerveza y más cerveza. Mi casa no estaba disponible porque mis hermanos no trabajaban ese día así que las acostumbradas fiestas que hacíamos por las tardes no se podrían hacer ese día. El greñas tuvo la sensacional idea de saltarnos una casa de un amigo suyo.

--No hay nadie en la casa y no hay bronca –comentó animándonos— yo no estaba del todo convencida.

--¿Y si alguien llega? –preguntó angustiada la güera—
--No hay bronca –replicó el greñas—nunca nadie viene acá.

Aceptamos sin saber de quién era la casa. Sacamos de las bolsas las cervezas de a litro, los vasos de plástico, algunos refrescos, papas fritas, ¿o eran chetos? Y unos chicles para después de que se terminara todo. Nuestras gargantas estaban más que listas para comenzar a ingerir el preciado líquido. La cosa se puso divertida cuando a quien sabe quién se le ocurrió el juego tonto de las cartas, quien perdiera el juego comenzaría por desprenderse de una prenda.

--Yo no juego a eso –dijo la bruja sin recelo— eso de andarse quitando la ropa no es lo mío, dijo casi enojada
--Si no quieres jugar no hay pedo —conteste con un tono retador— aquí a nadie se le obliga a entrar al juego
La santa, que ya estaba un poco entonada, continuó:

--No manches bruja, aquí nadie va a decir nada de lo que pase adentro de esta casa, ¿o no muchachos? –se apresuró a preguntarnos—

En coro contestamos ¡No! La bruja se terminó convenciendo de que de ahí no saldría el juego y que quizás –con un poco de suerte— podría no perder ni una de sus preciadas prendas que se pegaban en su cuerpo.

Comenzamos. Los más entusiasmados eran el greñas y el piojo, ver a sus amigas preparatorianas en paños menores era un lujo y una delicia. La primera en perder una prenda fue la güera, que sin más ni más se desprendió de su blusa. Sus pechos se veían a través de su sostén. Era demasiado güera, tanto que hasta nos deslumbraba su blancura. La siguiente ronda la perdí yo, que inteligentemente me desprendí de un zapato y todos comenzaron a protestar, les expliqué que a final de cuentas mi preciado calzado era parte de mi indumentaria y contaba como prenda. Se quedaron callados.

Uno a uno fuimos perdiendo. Nuestras ropas caían al piso como las gotas caen al suelo. Sonreíamos, nos ruborizábamos, en silencio nos criticábamos y de pronto el juego terminó. Nos quedamos solamente con nuestros calzones y, en el caso de nosotras las mujeres, con nuestros respectivos wonder bra.

Nuestra suerte cambio cuando de pronto escuchamos el sonido de una puerta. Sí, eran los dueños de la casa que por supuesto nadie de los que estábamos presentes conocía. El greñas, como el responsable de la invitación a la dichosa casa, salió a dar la cara y explicar a los pobres señores que no comprendían si se habían equivocado de casa o simplemente éramos unos paracaidistas que invadíamos su territorio que años les costó.

--¡¿Quiénes son ustedes?! –exclamó la señora de aproximadamente 45 años de edad— ¡y están tomando! –recriminó—
--Somos amigos de su hijo –trató de explicarles el greñas— él nos dio permiso de entrar.

Mentira vil.

El greñas comenzó con las explicaciones, pero la realidad es que no había ninguna que nos sacara del apuro. Como hormiguitas, comenzamos a salirnos una por una hasta que simplemente los “hombres” se quedaron a parar la bronca. Mi pecho estaba agitado por la emoción, no sabía qué sucedería después y si es que mis hermanos y mi madre se enterarían de lo acontecido la tarde de ese 10 de mayo.

Tomé la caja de los chicles tratando de quitarme el olor a cerveza, nos encontrábamos dentro de la cafetería de la prepa. En 10 minutos llegó el piojo. No sé cómo sucedió pero lo ví, estaba a mis espaldas y no pude contenerme. Lo besé.

Desde ese día comenzó la relación de un par de locos que rompían las reglas de la preparatoria. Éramos los rebeldes de la clase, creo que hasta de toda la escuela…

La tarde de aquel 10 de mayo es memorable. Nunca fui a visitar a mi madre para darle su abrazo por haberme traído a este mundo. Nunca me lo perdoné. Pero a cambio ese día gané a un compañero, un amigo, un hermano...

A la larga aquel sueño que había yo creado no fue más que eso, un sueño. Perdí al compañero, al amigo, al hermano.

Aún así, me quedó con el recuerdo...

NOTA: Cuento corto que se me ocurrió a altas horas de la madrugada. Cualquier parecido con la realidad es mera concidencia.

2 comentarios:

alejandro dijo...

hola! algo perecido me paso y como dices cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, que buenas divertidas se daba uno cuando se es chaval, creo que en esa epoca, uno como chavo, no ve uno mas alla de sus narices y que hay cosas que se quedan grabadas en la piojosa cabeza que se vuelven inolvidables. lastima que en el boulevard de los sueños rotos hayan terminado de esa manera, ROTOS!!!, buen cuento! solo falto mas diversion de los protagonistas....jejejeje!

Marioman dijo...

Mentira vil!!! El 10 de mayo no hay clases!!! ¿o era el 15?

jajajajajajaja

Chale! ¿Ya me vas a hacer la competencia con los cuentos cortos y los debrayes?

No es justo!! me gustaba más tu blog cuando era porno

jajajajajaja